RELATOS DE TERROR Y FANTASÍA

jueves, 19 de febrero de 2015

EL TEMPLO DE LA SERPIENTE

Llovía a cántaros. Desde hace días había intensas lluvias en esa zona, pero eso no fue impedimento alguno para llevar a cabo su plan. Él se provisionó con una linterna, un buen calzado, su mochila y un poco de agua, para adentrarse en el Templo durante la madrugada.
Julio Lázaro era uno de los muchos arqueólogos que trabajan en los hallazgos del misterioso Templo de la Serpiente Emplumada en Teotihuacán. Sin embargo, esa noche decidió continuar con la exploración por sí solo, y sin el conocimiento de sus compañeros. Era tal la obsesión que tenía por hacerlo, que desde hacía semanas apenas dormía pensando en ello.


Él estaba maravillado por todos los descubrimientos de objetos de valor que estaban hallando, y su gran avaricia era más poderosa aún que sus deseos de explorar. Tenía contactos en el mercado negro que probablemente le hiciesen una muy buena oferta por semejantes reliquias.

El día anterior habían descubierto tras la excavación, un tiro de 15 metros de profundidad que conducía a un oscuro túnel de aproximadamente 120m de longitud, hasta llegar bajo el Templo.

Habían recorrido tan sólo unos 18 metros de la entrada, y exhaustos por la difícil respiración en aquél túnel, decidieron continuar al día siguiente, pero como ya sabemos, Julio no iba a esperar. Fuera lo que fuese quería descubrirlo antes que nadie, y llevárselo para sí. Ya habían encontrado numerosos objetos de valor incalculable en lo poco que habían recorrido, que parecían ser para algún tipo de ofrenda que, quizás, contuviese los restos de personajes ligados a la estructura del poder de Teotihuacán.

El arqueólogo llegó empapado, y descendió los 15 metros ayudándose de una escalera que habían dejado colocada sus compañeros, bajando despacio por temor a resbalarse con sus manos mojadas. Alcanzó el suelo y alumbró con su linterna. Un intenso túnel lleno de penumbra, en el que no podía deducirse dónde estaba su fin, se presentó ante sus ojos.

Lleno de emoción, comenzó a dar pasos cortos e inseguros, temiendo caer debido a la irregularidad del suelo por el que caminaba, y la poca visibilidad por la gran oscuridad que pesaba sobre el entorno.
Empezó a notar la dificultad respiratoria que les provocó parar el día anterior. Avanzó unos 100 metros, y comenzó a ver restos de jade y turquesa, incrustados en las paredes y en el suelo de dicho túnel. Los recogió sin dudar un momento, mientras se preguntaba a sí mismo, qué era lo que los mesoamericanos habían querido clausurar en este túnel; puesto que estaba construido profundamente bajo tierra, y además, se había topado con un gran muro que al parecer le impedía continuar.

Julio estudió minuciosamente el muro, fijándose en los detalles grabados, en los cuales unos dibujos, o símbolos, parecían reflejar una mano sobre un cuadrado.

Se quedó pensativo sin saber qué querría decir ese símbolo, pero entonces, comprobó que había una estrecha abertura en la esquina derecha de ese muro, por la que se deslizó y de nuevo se encontró con otro muro idéntico; él alumbró con su linterna y descubrió otra abertura en la esquina izquierda, y por allí continuó su camino.

Aquellos muros tenían más de esas esculturas, de esa deidad adorada por los Mixtecos: Una antigua cabeza de serpiente decorada con plumas alrededor de su rostro.

El arqueólogo siguió avanzando por las aberturas de los muros construidos, y pronto se percató de que todas ellas iban en zig-zag; es decir, una a la derecha, la siguiente a la izquierda, y así sucesivamente… lo que le obligaba a avanzar como si él mismo fuera una serpiente.

Quizás estuvo durante más de veinte minutos recorriéndolos, hasta que al fin se terminaron. El aire que respiraba se había hecho tan espeso, que el polvo que allí flotaba le estaba provocando una angustiosa tos.

Julio iluminó la enorme habitación en la que se encontraba. Allí pudo identificar unos antiquísimos cráneos y esqueletos humanos que yacían sobre las ruinas. Por lo que pudo observar, habría unos doscientos esqueletos enterrados y dispersos cubiertos de polvo y tierra.

Una mano esquelética aún se aferraba a un objeto, el cuál parecía una caracola de mar considerablemente grande y pesada. Julio no dudó en arrebatarle al difunto dicho objeto, tiró y tiró de él hasta que consiguió arrancárselo de sus huesudos dedos.

Estaba extremadamente emocionado por todos los hallazgos que estaba haciendo, y pensando en lo rico que iba a hacerse al vender todo lo que estaba encontrándose en su largo paseo solitario.

Mientras continuaba inmerso en sus pensamientos, el arqueólogo escuchó un ruido y de inmediato se alertó, creyendo que alguien había bajado tras descubrir que él estaba en su interior. Pero pronto se dio cuenta de que tal hecho no podía ser posible, puesto que aquel sonido provenía del interior del túnel, más allá de la habitación donde se encontraba.
Su cuerpo se estremeció por un brevísimo instante, pero decidió encaminarse cautelosamente hacia la tenebrosa oscuridad, alumbrando con su linterna, tratando de averiguar qué fue lo que provocó ese inquietante sonido, similar al de un rugido de animal salvaje.

Sus manos le temblaban, el sudor recorría su frente, el calor empezó a subir gradualmente a medida que avanzaba sus pasos. Se introdujo por un angosto pasillo, y un horrible olor a azufre golpeó furiosamente sus fosas nasales; sin embargo, nada iba a hacer que se detuviese.

El corazón le latía tan fuerte que comenzó a dolerle el pecho. Atemorizado, llegó a otro enorme habitáculo, más amplio aún que el anterior.
Nuevamente en las paredes había símbolos, pero esta vez se hacían más legibles, parecían estar en mejor estado. Aquellos dibujos parecían representar sacrificios humanos, que posiblemente se llevaron a cabo en esa misma habitación. La pintura roja predominaba sobre las figuras humanoides que allí se representaban. De pronto, ante sus ojos observó cómo de la pared emergían unas letras, las letras y el idioma que conocemos a día de hoy, con un claro mensaje: “Aquellos que se aventuren por este lugar, su sangre habrán de derramar”.

Al mismo tiempo que lo leía, escuchó de nuevo ese ruido, ese estruendo del cual desconocía de dónde provenía.

Julio se espantó, de tal manera que corrió introduciéndose de nuevo por el pasillo, encontrándose con que la salida se había tapiado. Comenzó a respirar aún más agitadamente si cabe, tocando y golpeando aquel muro que ahora le separaba de la salida; y mientras estaba en aquella desesperante situación, otro mensaje escrito con sangre se escribió sobre la piedra: “Ya no hay vuelta atrás”

Angustiado, tras estar gritando durante un tiempo incierto pidiendo auxilio, a sabiendas de que nadie acudiría en su ayuda; decidió dar media vuelta y volver a adentrarse en aquella habitación, con lágrimas en los ojos, y una fuerte tos que le impedía respirar con normalidad.

Observó de hito en hito toda aquella habitación, recorriéndola linterna en mano, tratando de hallar alguna otra salida. Advirtió que había innumerables objetos de valor, pero en estos momentos, sólo se preocupaba por su vida. No podría quedarse allí hasta la mañana siguiente a la espera de que sus compañeros le encontrasen, debido a que cada minuto que transcurría su malestar iba en aumento. Su cuello parecía estar hinchándose, y su rostro también… Su tos, cada vez más inquietante, estaba provocando que esputase gotas de sangre.

De improvisto, el corazón le dio un vuelco, y sus ojos se abrieron de par en par al observar tan macabra escena. Los esqueletos de los difuntos que allí moraban, se incorporaron, y formaron un círculo. En el centro de dicho círculo, comenzó a brotar agua, y seguidamente, apareció una figura muy alta, con una extraña cabeza.

A Julio se le resbaló la linterna de las manos, tropezó torpemente con un objeto y cayó sentado, apoyándose en una pared mientras era incapaz de reaccionar, y de creer lo que estaba pasando.

En cuestión de segundos la escena cambió, y esos esqueletos ya no eran esqueletos sino personas. La habitación se había iluminado con antorchas, y pudo ver que aquel ser que emergió del agua, tenía cabeza de reptil, y extremidades de reptil, pero se mantenía en pie a dos patas. La criatura señaló a Julio, y todos los presentes giraron bruscamente su cabeza para clavar su mirada en él.

Julio, que ya estaba débil por el poco oxígeno que entraba en sus pulmones, trató de escapar gateando hacia una esquina para recoger uno de los objetos y así poder defenderse. Pero la muchedumbre le alcanzó, sujetándole de brazos y pies. Los alaridos del arqueólogo retumbaban provocando eco en el habitáculo, y se esforzaba por escapar sin éxito, mientras cada vez se ahogaba más.

El ser con cabeza de serpiente se aproximó a él, permitiendo que pudiese ver de cerca tan horrenda figura, antes de perder el conocimiento.

Tras un tiempo incierto, Julio despertó. Advirtió que seguía estando en la misma habitación, pero todo estaba en orden: los esqueletos estaban en el suelo, no había ni rastro de la criatura, y ya no sentía dolor alguno; además, podía respirar de nuevo cómodamente. Se alivió pensando en que en algún momento se había quedado dormido, aunque no recordaba cuándo. Podría ser a causa de su cansancio tras sueño acumulado.

Ya había amanecido y escuchó las voces de sus compañeros, que habían entrado al túnel y estaban muy próximos a él. Julio se agitó y quiso correr a esconderse en alguna parte para que no descubriesen que había pasado allí la noche.

Sin embargo, no podía siquiera imaginarse la aberrante escena que iba a presenciar. Acababa de tropezar con un cuerpo, pero no era de ningún esqueleto. Era un cuerpo fresco, con su misma ropa. Horrorizado, se percató de que era él. Tenía el rostro desencajado de miedo, sangre seca en la comisura de sus labios debido a la fuerte tos, y su cara y cuello estaban anormalmente hinchados, tal y como había sucedido la noche anterior.

Julio se frotó los ojos una y otra vez, tocó su propio cuerpo para desgraciadamente, darse cuenta de que era real.
Tras esta atormentadora visión, corrió hacia sus compañeros. El muro que antes hubiere impedido que saliera de la habitación ya no se encontraba allí, de modo que recorrió el pasillo a voces, tratando de llamar la atención de los demás arqueólogos; y cuando intentó salir de aquel pasillo, aun no habiendo muro alguno, y aun viendo tan de cerca a los demás, le era imposible salir. Una extraña fuerza magnética le retenía preso en esa habitación, incapaz de traspasar su invisible barrera, y nadie parecía verle ni oírle.
El arqueólogo había muerto esa misma noche, habiendo respirado un gas radiactivo llamado radón, que emergía de esa infernal habitación ligada con rituales y ceremonias del inframundo. Inútilmente vio cómo sus compañeros cruzaban el pasillo pasando por delante de él, trató de detenerles, de decirles que no entrasen allí, de advertirles del horror que habitaba allí dentro; pero todos sus esfuerzos fueron en vano. Nadie jamás podría escucharle, y su alma quedaría por siempre atrapada en aquella habitación, bajo el Templo de la Serpiente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario